miércoles, 11 de febrero de 2026

Ave errante

Tengo pocas cosas, o eso intento. Al menos, no tener sin usar, y si no se usa, desprenderme. No siempre puedo, pero por varios años viví con una pareja de cada especie, por si el diluvio traía un náufrago a mi guarida: dos tazas, dos cucharas, dos platos, dos bancos, dos cobijas, dos plazas en un sofá. No sé si eso habla de tacañería, tendencia compulsiva a la simetría, minimalismo, consciencia del consumo, crisis de vivienda o aislamiento social, pero conozco su origen. Primero, crecer con lo exacto, lo indispensable. Luego, el ritual: una casa distinta cada año. Nunca he enterrado a nadie que ame, pero en cada mudanza me he vuelto embalsamadora de mí misma: envuelvo tazas en trapos, desecho baratijas, separo las cosas irreparables de las prometedoras y en ellas me reconozco como, imagino, se reconoce un cuerpo inerte: sí soy, o sí fui. Voy encajonando mi historia que cada vez pesa más, ocupa camionetas más grandes y precisa más días para continuar en otra parte. Así, frente a un objeto que podría comprar, coloco deseo y necesidad en medio de un para qué y un para quién: ¿es durable?, ¿servirá a otras?, ¿se degrada?, ¿será una carga más para mí o algo que tendré abandonar para que se encarguen las calles o el planeta? Quiero dejar un mínimo de trabajo para aquella, seguramente aquella, que cuando yo ya no esté para hacerme cargo de lo que adquirí, afrontará este campamento sin la espalda de su ave errante dueña.

miércoles, 17 de diciembre de 2025

¿Y si cierro los ojos?

¿Y si cierro los ojos? No sé qué quería sentir, tal vez potenciar las sensaciones del momento, como cuando besas a alguien en la boca y sientes que su universo se te transfiere vía oral hasta la más antigua de sus reencarnaciones, así. O como cuando comes algo tan rico que necesitas eliminar cualquier estímulo visual para encontrar en el sabor el rastro del brote que fue en la tierra el maíz de tu tortilla, así. Cerré los ojos. Tampoco sé qué sentí, no lo recuerdo. Sólo sé que fue una de las alegrías más simples de mi vida hasta ahora, tan auténtica y corta como una carcajada. Duró poco porque me estrellé contra un muro. Tal vez quise sentir estar fuera del mundo conocido. Que la calle era infinitamente plana y en expansión, sin orillas, sin abismos. Sentir que estar viva era esa fricción continua del caucho rodando contra el asfalto. Tampoco recuerdo si la bicicleta sufrió daños, no creo, pero en estos tiempos de frío, mi mano derecha protesta el haber soportado el peso violento de mi cuerpo de 10 años cayéndole encima. Su memoria es mejor que la mía. Quizá sepa mejor que yo qué pasó con esa niña más curiosa que intrépida, más intrépida que lógica. Hoy, que me persiguen todos los escenarios posibles, que no me responden las rodillas, que me pregunto angustiada por el final de las historias, me hace hartísima falta esa niña que sabe cerrar los ojos y hacer a un lado el miedo a salir lastimada.

viernes, 7 de marzo de 2025

Abrazos, no balazos

No era pintura, como dijeron los medios, tratando de minimizar el impacto. Era sangre. Cualquiera de las que estuvimos ahí podía reconocer el aroma, porque, además, comenzaba a descomponerse. Cuando me contó su plan, seis o siete meses antes, no le creí, pero todavía no la conocía bien. Conforme nos acercábamos a marzo y me detallaba su cronograma, no sólo empecé a creerle, sino a quererla y, por tanto, a preocuparme. Entonces, el vínculo, nutrido por nuestra condición de orfandad emocional, ya había traspasado la promesa de no maternarnos. Me ofrecí como voluntaria en la misión, no tanto por la furia de la protesta, pues un año antes había renunciado a las marchas, sino por controlarla cuidarla: yo te llevo agua, ¿cómo vas a ir al baño?, te traje un suéter.

Fue al rastro municipal y se inventó que le iba a festejar en grande sus tres años a su niño, que necesitaba dos bidones de sangre fresca, de cerdo, para la moronga. Se la regalaron. La escondió de su familia por tres días en su cuarto. Consiguió un vestido blanco, barro fresco, leña. Llegado el 8M, le cubrí los pezones con cinta y le di la bendición. Se instaló afuera de la catedral de Xalapa desde el mediodía. Necia como ella sola, casi no se dejó ayudar. Pasó horas bajo el sol anteprimaveral modelando una olla de barro. La marcha comenzó y, cuando el contingente estuvo de regreso, inició un fuego al que lanzó su escultura. Mientras las llamas crecían destapó los bidones y se bañó con la ya jamás moronga. Corrió hacia el cuerpo policiaco y les ofreció abrazos empapados: ¡ven, abraza esta mujer a la que le han quitado todo! Protesta amorosa para un Estado corporativo socialmente responsable.

Las marchas no les provocan nada, me dijo unos días antes, ya no incomodan, están tan dormidos que ahora hay que darles asco. Y lo logró. Las policías que la miraban no sólo se cubrían la nariz, atónitas. Entre el olor de la sangre y el grito histérico de "abrazos, no balazos", tenían cara de no entender si la escena entraba en la categoría de protesta o de brote psicótico. Hecha un manojo de nervios, la seguí por todas partes, como pude: con los ojos, con las piernas, con la cámara de mi celular para documentar si la detenían o agredían. Estampó su silueta en la fachada y alrededores del palacio de gobierno. Nadie aplaudía, nadie la celebró, todas estaban pasmadas.

Cuando terminó, la arropamos bajo las lonas de la protesta, la bañé en la calle, entre la multitud, la secamos, vestimos y desapareció entre el contingente. El olor de la sangre de cerdo se me quedó impregnado en las fosas nasales varios días. Las publicaciones en periódicos y transmisiones en vivo dijeron que una chica se había bañado con pintura. Lo peor aún venía, su violentador la reconoció y no tardó en amenazarla de nuevo, pero ella ya no tenía miedo, era lava. Una artista furiosa, talentosa, pero pobre, loca, marginal, como muchas que cantan, pintan, escribimos al final de la doble, triple jornada. Feminazi como nos decíamos de cariño, la más yegua de todas las sagitarias: fuiste mi luna rosa, mi equinoccio de primavera robando duraznos, fuiste el incendio de todos mis miedos.

Elizabeth Rivera. Pachuca, 1988. Costurera de textos, poeta. Psicóloga social (UAEH) y maestra en salud, arte y comunidad (UV). Mediadora en la sala de lectura Tunas Verdes, dirige Abrecaminos Editora y Taller de Corte y Corrección. Recientemente publicó su primer poemario Ayuno voraz (Sediciones, 2024).

lunes, 6 de enero de 2025

Vía placenta

Lo único bueno que nos dejaron los españoles fue la religión católica, afirmé a la maestra Ofelia cuando nos habló de la conquista de México en tercer grado. Algo en mi cuerpo de ocho años, destinado a albergar a la siguiente Juana de Arco, ya intuía la injusticia de la invasión, pero, además, dicha frase me la había dicho mi mamá una tarde antes, cuando me contó que Dios permitió a los invasores traer enfermedad y despojo para heredarnos el Evangelio.

En los noventa se hablaba del cólera y del sida. Se sabía que el primero era como un bicho en la panza que causaba diarrea, y había que hervir el agua, lavar los jitomates, desinfectar las fresas y tomar vidasueroral. Pero nadie, ni la tele, ni la radio, decían cómo evitar el sida o cómo se contagiaba. Se lo pregunté a mi mamá. El sida les da a las personas que se portan mal, me dijo, el país donde hay más sida se llama Cuba, es un lugar tan pobre, que las mujeres tienen que vender su cuerpo para sobrevivir.

Rezábamos el santo rosario todas las noches, sin falta, frente a una veladora de rosas. Y yo, como la niña semilla de la beata guerrera que sería cuando joven, entraba en fiebre de letanías, que podía recitar no sólo de memoria, sino de corazón. Con los ojos cerrados olía la sangre de los misterios dolorosos, pintaba en mi mente el camino del purgatorio y veía en mis interiores a la estrella de la mañana, al espejo de justicia, al trono de la sabiduría, a la rosa mística florecer en las canastas donde las mujeres cubanas, sentadas en banquetas y envueltas en rebozos, vendían sus dedos, orejas, piernas y demás partes de su cuerpo para poder comprarse un pan.

Ni patria, ni marido, ni partido. En su fe, mi madre me salvó del sueño de la boda y de los hijos, hasta de la nacionalidad. Los sábados veíamos Mochila al hombro en el Once, así supe que había gente que pasaba su vida caminando y quise eso para mí: yo iba a ser una guerrera de Cristo, sin casa ni posesiones, recorriendo el mundo en chanclitas, leyéndole parábolas a los niños de la calle.

El resto de la historia es predecible. No estoy acá para autobiografiarme, sino para honrar a mi mamá, que no soportaba a Arjona ni a Adal Ramones. El primero por dárselas de buen poeta siendo un triste pretencioso, y segundo por machín, decía, cuando yo todavía no veía venir a los patanes de cerca, ni de lejos, como ella. Mejor me enseñó a Laura Pausini y al Herman Hesse, y a ver telenovelas no para llorar, sino para reírnos del drama, criticar a la gente bien y ver las casas.

No podría enlistar todo lo bueno que me dejó mi mamá. Una de las cosas más importantes es mi nombre, que es también el suyo aunque no oficial, sino designado por su tía, que no tuvo hijos ni hijas, pero que, yo lo veía en sus ojos, me dijo, la quiso como a una. Tía abuela mía que no conocí, pero que resultó morir joven y ser poeta, no de las que escriben, porque en ese tiempo las mujeres no escribían, sino de las que recitan y también rezan.

Lo mejor que me dejó mi mamá no fue el catolicismo, aunque sí fue a través de él. Mi mamá me enseñó la oración, el conjuro, la palabra vívida en las paredes del pecho resonado por generaciones. A mí, la poesía me la transmitieron vía placenta.

viernes, 29 de noviembre de 2024

Tercera casa

Calle San Luis Potosí antes Maravillas. Más subidas que bajadas, todas llenas de abundante flora urbana: floripondios, árboles, pasto largo. Planta baja de un salón de fiestas. La vida en esa casa comienza a quedar atrás. Escribo describo acerca de ésta apenas a cuatro años Tierra de distancia, no estoy segura ya de quién era, como cuando tienes trece años y tus nueve te parecen haber sucedido en otra era. Esta casa es 40% ventanas, mitad sol, mitad sótano. Excelente vista: un enorme terreno arbolado descendiente mientras se cocina o se lavan los platos, la neblina, polillas. Una puerta que sale a un bodegón sucio en donde la familia que nos renta abandonó sus recuerdos: triciclos viejos, cajas con fotografías debajo de escombro, pedazos de madera húmeda, invitaciones a bautizos de 1994. No sirve el boiler, pero no lo necesitamos, nos bañamos con agua fría en enero porque somos las más rudas del barrio: yo solita puedo, a mí nadie me ayudó con la tarea, me salí bien chica de mis casa, foráneas de 30 a 40 años, clase trabajadora, madres solteras de 17 plantas y cuatro gatos. Conato de incendio en el baño, reuniones casi clandestinas en nuestro piso y en el de arriba en un vigente confinamiento, fiesta de exposiciones, antidepresivos, colchón prestado, sofá solidario. Se van empolvando miedos y aparecen otros. Ahora cierro temprano la rejita cuando antes viví un año sin cerradura en la puerta. A cuatro años de la casa Maravillas me doy cuenta que me convierto en el barrio donde vivo (y he vivido en muchos).

Still have all of me

Te vi. Cuidé mis movimientos para que no me notaras y así tener más tiempo de aprehender tu silueta sin incomodarte. Ibas de la mano con una chica de cabello morado, o tal vez era el aura de ambos a contraluz del cielo de octubre a las seis de la tarde. Celebro saber de oídas tu camino en esta ciudad en donde parece que ya nada nos va a sorprender, pese a que a ti y a mí nos sorprendieron nuestros propios reflejos cuando no éramos más que pura intuición de azotea y risa entre los tinacos de tu edificio. Pero este año nos tocó un veranotoño lleno de flores y a estas alturas los nopales siguen dando unas tunas rojísimas. Una vez tuviste todo de mí, hasta mi basura, pero ya me composté, y una parte de esa tierra florece gracias a ti. Te mando sonrisas de airecito frío.

domingo, 28 de julio de 2024

macho viejo

Mi primer amigo en la licenciatura fue un profesor. Humberto, Macho Viejo, no creía en Dios, creía en los perros de la calle y en el blues, en su hija, su esposa y en sembrar. A lo mejor nos hicimos amigos por nuestro pesimismo aparente, introversión e irónica tendencia a la fiesta. Me regaló un CD que grabó con su banda de blues en un piso de ensayos, desde donde vimos la tarde de Epazoyucan en primera fila. Gracias a el conocí a tres mujeres que siempre voy a adorar: su hermana Ofelia, y dos de sus exalumnas, las primeras feministas en mi vida. Lo visité antes de cambiarme de ciudad, bebimos una cerveza, le platiqué de mi proyecto para la maestría (porque su materia era metodología cualitativa), leyó mis últimos poemas e hicimos hamburguesas en su casa. Me dejó en la combi un viernes y yo dejé Hidalgo ese domingo. Como muchos otros días, hoy quisiera estar allá, desde este cielo nublado xalapeño me despido de los atardeceres de Epa en compañía de mi querido maestro y amigo Mejo. Descanse en libertad de esta "pinche vida", como diría él.

29 de julio de 2020.

Ave errante

Tengo pocas cosas, o eso intento. Al menos, no tener sin usar, y si no se usa, desprenderme. No siempre puedo, pero por varios años viví con...