miércoles, 11 de febrero de 2026

Ave errante

Tengo pocas cosas, o eso intento. Al menos, no tener sin usar, y si no se usa, desprenderme. No siempre puedo, pero por varios años vivĂ­ con una pareja de cada especie, por si el diluvio traĂ­a un náufrago a mi guarida: dos tazas, dos cucharas, dos platos, dos bancos, dos cobijas, dos plazas en un sofá. No sĂ© si eso habla de tacañerĂ­a, tendencia compulsiva a la simetrĂ­a, minimalismo, consciencia del consumo, crisis de vivienda o aislamiento social, pero conozco su origen. Primero, crecer con lo exacto, lo indispensable. Luego, el ritual: una casa distinta cada año. Nunca he enterrado a nadie que ame, pero en cada mudanza me he vuelto embalsamadora de mĂ­ misma: envuelvo tazas en trapos, desecho baratijas, separo las cosas irreparables de las prometedoras y en ellas me reconozco como, imagino, se reconoce un cuerpo inerte: sĂ­ soy, o sĂ­ fui. Voy encajonando mi historia que cada vez pesa más, ocupa camionetas más grandes y precisa más dĂ­as para continuar en otra parte. AsĂ­, frente a un objeto que podrĂ­a comprar, coloco deseo y necesidad en medio de un para quĂ© y un para quiĂ©n: ¿es durable?, ¿servirá a otras?, ¿se degrada?, ¿será una carga más para mĂ­ o algo que tendrĂ© abandonar para que se encarguen las calles o el planeta? Quiero dejar un mĂ­nimo de trabajo para aquella, seguramente aquella, que cuando yo ya no estĂ© para hacerme cargo de lo que adquirĂ­, afrontará este campamento sin la espalda de su ave errante dueña.

Ave errante

Tengo pocas cosas, o eso intento. Al menos, no tener sin usar, y si no se usa, desprenderme. No siempre puedo, pero por varios años viví con...