¿Y si cierro los ojos? No sé qué quería sentir, tal vez potenciar las sensaciones del momento, como cuando besas a alguien en la boca y sientes que su universo se te transfiere vía oral hasta la más antigua de sus reencarnaciones, así. O como cuando comes algo tan rico que necesitas eliminar cualquier estímulo visual para encontrar en el sabor el rastro del brote que fue en la tierra el maíz de tu tortilla, así. Cerré los ojos. Tampoco sé qué sentí, no lo recuerdo. Sólo sé que fue una de las alegrías más simples de mi vida hasta ahora, tan auténtica y corta como una carcajada. Duró poco porque me estrellé contra un muro. Tal vez quise sentir estar fuera del mundo conocido. Que la calle era infinitamente plana y en expansión, sin orillas, sin abismos. Sentir que estar viva era esa fricción continua del caucho rodando contra el asfalto. Tampoco recuerdo si la bicicleta sufrió daños, no creo, pero en estos tiempos de frío, mi mano derecha protesta el haber soportado el peso violento de mi cuerpo de 10 años cayéndole encima. Su memoria es mejor que la mía. Quizá sepa mejor que yo qué pasó con esa niña más curiosa que intrépida, más intrépida que lógica. Hoy, que me persiguen todos los escenarios posibles, que no me responden las rodillas, que me pregunto angustiada por el final de las historias, me hace hartísima falta esa niña que sabe cerrar los ojos y hacer a un lado el miedo a salir lastimada.
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