Lo único bueno que nos dejaron los españoles fue la religión católica, afirmé a la maestra Ofelia cuando nos habló de la conquista de México en tercer grado. Algo en mi cuerpo de ocho años, destinado a albergar a la siguiente Juana de Arco, ya intuía la injusticia de la invasión, pero, además, dicha frase me la había dicho mi mamá una tarde antes, cuando me contó que Dios permitió a los invasores traer enfermedad y despojo para heredarnos el Evangelio.
En los noventa se hablaba del cólera y del sida. Se sabía que el primero era como un bicho en la panza que causaba diarrea, y había que hervir el agua, lavar los jitomates, desinfectar las fresas y tomar vidasueroral. Pero nadie, ni la tele, ni la radio, decían cómo evitar el sida o cómo se contagiaba. Se lo pregunté a mi mamá. El sida les da a las personas que se portan mal, me dijo, el país donde hay más sida se llama Cuba, es un lugar tan pobre, que las mujeres tienen que vender su cuerpo para sobrevivir.
Rezábamos el santo rosario todas las noches, sin falta, frente a una veladora de rosas. Y yo, como la niña semilla de la beata guerrera que sería cuando joven, entraba en fiebre de letanías, que podía recitar no sólo de memoria, sino de corazón. Con los ojos cerrados olía la sangre de los misterios dolorosos, pintaba en mi mente el camino del purgatorio y veía en mis interiores a la estrella de la mañana, al espejo de justicia, al trono de la sabiduría, a la rosa mística florecer en las canastas donde las mujeres cubanas, sentadas en banquetas y envueltas en rebozos, vendían sus dedos, orejas, piernas y demás partes de su cuerpo para poder comprarse un pan.
Ni patria, ni marido, ni partido. En su fe, mi madre me salvó del sueño de la boda y de los hijos, hasta de la nacionalidad. Los sábados veíamos Mochila al hombro en el Once, así supe que había gente que pasaba su vida caminando y quise eso para mí: yo iba a ser una guerrera de Cristo, sin casa ni posesiones, recorriendo el mundo en chanclitas, leyéndole parábolas a los niños de la calle.
El resto de la historia es predecible. No estoy acá para autobiografiarme, sino para honrar a mi mamá, que no soportaba a Arjona ni a Adal Ramones. El primero por dárselas de buen poeta siendo un triste pretencioso, y segundo por machín, decía, cuando yo todavía no veía venir a los patanes de cerca, ni de lejos, como ella. Mejor me enseñó a Laura Pausini y al Herman Hesse, y a ver telenovelas no para llorar, sino para reírnos del drama, criticar a la gente bien y ver las casas.
No podría enlistar todo lo bueno que me dejó mi mamá. Una de las cosas más importantes es mi nombre, que es también el suyo aunque no oficial, sino designado por su tía, que no tuvo hijos ni hijas, pero que, yo lo veía en sus ojos, me dijo, la quiso como a una. Tía abuela mía que no conocí, pero que resultó morir joven y ser poeta, no de las que escriben, porque en ese tiempo las mujeres no escribían, sino de las que recitan y también rezan.
Lo mejor que me dejó mi mamá no fue el catolicismo, aunque sí fue a través de él. Mi mamá me enseñó la oración, el conjuro, la palabra vívida en las paredes del pecho resonado por generaciones. A mí, la poesía me la transmitieron vía placenta.