domingo, 28 de julio de 2024

Segunda casa

La segunda casa estaba en la Mártires de Chicago. El nombre de la colonia me parecía disonante, no podía imaginar mártires gringos. Esa temporada la inicié redactando nota roja y de farándula para un periódico en donde nos descontaban dos días de sueldo por poner una coma de más o por tardar en responder un mensaje de WhatsApp. Lo bueno es que era trabajo en casa. Aún así pude reunir para comprarme mi bici panadera y salir a volar toda la Rébsamen entre los floripondios, los camiones de limpia pública y el camión amarillo. Más rápida que el miedo a ser atropellada, desaparecida, violada, memoricé topes, coladeras y puestos de comida. Esta era una casa triplex. Compartía patio, lavadero y tendedero con otras dos familias. Arriba, una bióloga (especie endémica de Xalapa, como lxs teatrerxs), y al lado una pareja hetero. De ella nunca supe mucho, de él solamente que era policía. "Más poesía, menos policía", decía mi sudadera de INVSBL tendida en nuestro mecate común. El confinamiento seguía en su etapa más cruda, sabernos vecinas, aunque distantes, nos daba calma. El aroma de lo que cocinaba una llegaba la casa de la otra, las conversaciones y los llantos también, incluso sabíamos la hora en que cada una empezaba y terminaba su día. En esa casa vi Chicuarotes un sábado en la tarde, y toda la serie del Último maestro del aire después del trabajo, a veces durante. Ahí me llamaron para decirme que el profe Mejo había fallecido, sereno en su cama. Un día le conté a la doctora Cristina que mi trabajo en el periódico me hacía infeliz, ella dijo: entrégate con confianza a la vida. Renuncié y encontré un trabajo de mantenimiento de parques en el Natura, así conocí machete, azadón y pico. Ya me estaba poniendo sabrosa cuando un 24 de diciembre se vino un aire bien raro, todo frío y azotado, peor que el pachuqueño. Aún así me fui para Coate a pasar la navidad con Laura. Desde como las siete empecé con un dolor en el vientre que terminó en una operación de emergencia con "Baila morena" de fondo en el quirófano. Ahí me supe, como siempre, rodeada de mujeres radiantes que me quieren quién sabe por qué. Después supe que ese viento azotado se llama "norte" y que los mártires de Chicago no eran gringos, sino alemanes, militantes anarquistas de la lucha obrera.

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