domingo, 28 de julio de 2024

Primera casa

La primera casa me pareció muy barata para la ubicación: se renta habitación con todos los servicios al lado de los Berros, $1,200, enviar oferta. Llegué a una privada empedrada al fondo de una colonia con casas bien, cada una con su carrito estacionado afuera y su jardinera. Tras el zaguán de herrería fina y una fachada de mosaico, se abrió ante mí el hasta entonces desconocido mundo de la arquitectura clandestina. La casa de la familia era la tapadera de un laberinto que descendía entre puentes, escaleras de caracol y nidos de palomas. Conté 25 habitaciones. Ninguna se adaptaba a mi necesidad de luz y aislamiento. Como no queriendo, me mostraron la que nadie elegía, la 1, la más sumergida. Me gustó. Era muy pequeña, el lavabo al lado de la cama era lo primero que veía al despertar, pero tenía acceso a una azotea soleada, lavadero y barra con fregadero. Lo más hermoso: agua caliente siempre, sin prender el boiler, sin conectar la resistencia, agua de una regadera abundante nomás con abrir las llaves. Durante cuatro meses le di largas al casero con el depósito, él entendía, me lo pedía como porque era su deber. Después lo supe: la profundidad hacía que la casita se inundara con las lluvias, la señal de internet era débil, las cucarachas me agarraban de rehén y como no conocía a los tlacuaches, no salía de noche porque había una "rata gigante" afuera. Ahí me cachó el confinamiento, ahí agarré la costumbre de prender una vela en las mañanas. Ahí escribí un poema al color verde. Ahí supe que los primeros rayos del sol son dosis de paz. Ahí tuve a mi primera amiga planta, un romero hermoso que compré en el Árbol. Arriba vivía una pareja universitaria, estudiaban biología (especie endémica de Xalapa), algunas veces les tuve envidia, otras me reí de mí misma por tenerles envidia, como si no supiera lo que implica compartir techo, cama, comida. Ahí aprendí a tocar el Aguanieves. Me visitaron mis primeras tres amigas: Emma Rose Smith, Laura y Ale. Lloraba porque era primavera y todo era en línea, me sentía siempre de visita, siempre en viaje de ida. Un día el encierro me desesperó. No podía darme el lujo de ir de la cocina a mi cuarto porque la cocina y mi cuarto estaban a una estirada de brazo de distancia, hacía demasiado calor, y apenas era junio de 2020...

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