martes, 19 de julio de 2022

Crisis de leve a moderada

Vivo en el pueblo en el que el año pasado hice mi propuesta de investigación-acción participativa. Vine a vivir aquí porque me gusta el cerro y porque sentí que tenía que trabajar en este lugar, lo decidí bajo los efectos de la psiloscibina, y aun cuando terminaron, la idea seguía sonando bien. Julieta, durante una visita a mi casa, me dijo que éste no es un lugar al que ella vendría sino fuera por mí, pues Chiltoyac "es un lugar en el que la gente no parece muy feliz". Me sentí un poco triste, pues eran días de conocer un lado bastante oscuro del territorio. Ella tiene razón. Chiltoyac no parece feliz, no es un 'pueblo mágico', aquí no se filmaron novelas, no han llegado gringos a comprar terrenos baratos para hacerse casas excéntricas, el gobierno no ha arreglado fachadas; aquí hay precarización, hay despojo, alcoholismo, machismo, demasiados perros callejeros que, además, están enfermos. A los ojos turistas, Chiltoyac no tiene nada qué ofrecer. Pero yo tengo ojos tan propios como he podido pelearlos, y aunque cada año se me agrava la miopía, estoy recuperando mi visión.

Veo un cerro al que no soy capaz de ignorar. Lo veo todos los días desde las tres ventanas que tiene la casa que aquí rento, y siento ganas de hablar con él. Veo todas las variedades de verde que crecer en un departamento me negó. Veo los inverosímiles mocos de guajolotes que de niña sólo conocí en los libros. Matas de café, burros, insectos con formas de otro mundo, y señoras que se parecen mucho a mi abuela y, supongo, a mi abuelo. Él se apellidaba Rivera, venía del agua; ella, Barrera, es decir que vino del barro.

Chiltoyac significa "agua que cae sobre el chilar", el chilar es un área de cultivo de chiles. Yo vivo en el barrio más pobre de Chiltoyac: La Barrera. Exactamente aquí ya no hay barro, pero lo hubo, y lo sigue habiendo en el barrial, no tan lejos de donde estoy. Este fue un asentamiento totonaku, que significa "tres corazones", la gente totonaca se distinguió por sus esculturas de barro, y aún mis vecinas lo trabajan. Ayer mismo quemaron comales y por estar resolviendo mi falta de electricidad, no les hice una fotografía.

Cuando digo "mis vecinas" me refiero a doña Plácida y a sus hijas, que son como cinco. No me he aprendido los nombres de todas, es que se parecen mucho con sus cabellos blancos y sus mandiles. Hacen sopa, escogen el maíz, regañan niños, me invitan café. Su mesa, que está en piso de tierra no uniforme, está a desnivel. Cuando me siento tengo ocho años otra vez, y veo de frente el plato de frijoles que me queda a la altura de la nariz. Pese a que evito lo más posible salir porque la interacción continua me representa un esfuerzo importante --esfuerzo que el anonimato de la ciudad no te obliga a hacer--, estar con las personas de este lugar me despierta familiaridad. Tal vez quedan en mí reminiscencias de la memoria de mis abuelas y abuelos, de su vida en el rancho.

Hoy que pasé a comer sopa a su cocina me contaron un poco de sus dificultades pasadas, que por supuesto tienen todo que ver con ser mujeres. Hablaré de eso luego. Esta vez quiero mencionar un reclamo que las mujeres me han hecho más de una vez: que me voy a ir. Sé que no es conmigo el asunto (no sé si ellas lo saben), sé que soy la representante de todas las estudiantes de posgrado que han venido aquí a preguntarles sobre sus costumbres, sus historias personales --lo cual no es de poca importancia--, sus milpas, para después irse y no volver. Ya me lo había dicho Manuel en algún momento, pero yo no lo entendí: ir al pueblo es un compromiso. Aunque se refería a otro pueblo, comprendo ahora de qué hablaba. Llegar a un lugar pequeño, en donde todas las personas se conocen y además son familia, no es común ni pasa desapercibido. Querer, además, hacer investigación-acción implica participar, dar, involucrarse hasta afectivamente. Tras diez años de ser un pueblo vinculado con la Universidad Veracruzana, se gesta un desencanto entre las personas, quienes ven ir y venir estudiantes, sin que tal vez algo de ese supuesto intercambio se quede aquí.

Pese a que no tengo respuestas, la crisis va para mejor mientras escribo. Creo que se debe a que estaba buena la sopa y a que sé que estar aquí no es en vano.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Ave errante

Tengo pocas cosas, o eso intento. Al menos, no tener sin usar, y si no se usa, desprenderme. No siempre puedo, pero por varios años viví con...